Blogia
El blog bien este, siempre...

El TIO de la Mina

El TIO de la Mina

Vagabundeando por Internet halle este interesantisimo escrito sobre el tio de la mina, es muy completo y ademas existen otras partes en la pagina de origen, he publicado el que me parecio mas interesante. No se olviden de comentar.

"Algunos dicen que es pequeño, casi un enano, y que sus ojos rojos brillan en la oscuridad como los de un gato. También comentan que su tez blanca, igual que su barba, lo acerca físicamente más a un gringo (extranjero-europeo) que a un cholo. Relatan que tiene cuernos y que los usa para excavar el socavón en busca de mineral, del que es dueño absoluto y celoso guardián. Por otro lado, cuentan que viste de minero y que posee todas sus herramientas (casco, sandalias, martillo) hechas completamente de oro. En ocasiones puede adoptar el aspecto de un hombre corriente, mezclándose con el resto de los trabajadores, pasando desapercibido; y en no pocas versiones, se aduce que puede convertirse en animal: sapo, víbora o perro negro, indistintamente. Si nos atenemos a la iconografía minera de Bolivia, su aspecto es el del más tradicional Satanás; de color rojo, con cuernos en la frente, grandes ojos y chiva negra en el mentón.

Su pene, de enorme dimensiones, es otro de sus atributos; inclinando su personalidad hacia hábitos libidinosos y lúbricos, muy propios de la tradición europea sobre el Diablo. Su carácter es inestable y ambiguo. Puede ser bueno y generoso por momentos, como maligno y avaro en otros. Siempre poderoso, de él depende el éxito o el fracaso en la mina. Como Señor de la Oscuridad, tiene la facultad de dar y quitar a voluntad; congraciarse con quienes lo respetan y enfurecerse con quienes lo ignoran. Vengativo, agradecido y, por sobre toda las cosas, mestizo en más de un sentido, el TÍO representa, en el imaginario minero del altiplano boliviano, al ser sobrenatural más importante, activo, respetado y temido entre la gente. La presencia de fuerzas y seres misteriosos en la cotidianeidad de la vida andina es un dato de la realidad que revela lo arraigado de muchas creencias precolombinas y la convivencia sincrética de mitos y leyendas de origen americano y europeo (éstos últimos traídos por la conquista española a principios del siglo XVI).Cualquiera que recorra Bolivia o Perú advertirá que el campesino, el aborigen y aún muchos "blancos", comparten una concepción del universo —cosmovisión— muy distinta a la que hemos heredado (para bien o para mal) del racionalismo del siglo XVIII y su Ilustración.

En los Andes, la magia de un mundo aún "maravilloso" sigue viva; conviviéndose sin conflicto con personajes y situaciones existenciales que el occidente "culto" (dicho esto con marcada ironía) ha colocado en el campo de las supersticiones hace ya unos tres siglos.En los Andes no es extraño oír hablar, con total naturalidad, de "condenados", "brujas devoradoras", "Apus" , hombres metamorfoseados en animales (el Hatu-Runa, "Hombre-Lobo" andino), "pishtachos", "seres salvajes de las selvas" (Sacha-Runa), "cerros sagrados", "tesoros encantados" y demás fantasmas.

Frente a esa realidad, que atenta contra las leyes físicas y biológicas consideradas fijas e inmutables, se yergue nuestro escepticismo; sin darnos cuenta que, al igual que esa concepción "mágica" del universo, nuestras explicaciones científicas no satisfacen, ni producen la misma seguridad, a millones de hombres y mujeres.

En definitiva, nuestras teorías, al igual que esas creencias, cumplen una sola y única función: combatir la ignorancia, destruir nuestros miedos y despejar el camino hacia un cúmulo de esperanzas, muchas veces ni siquiera creídas.Seres sobrenaturales como el TÍO, despliegan en abanico situaciones y problemas existenciales comunes a todas las sociedades, sin importar el lugar y el tiempo. El temor a la muerte, al hambre, a la incertidumbre, a las catástrofes imprevistas, aparece escondido detrás de centenares de relatos fantásticos / folclóricos, componiendo el basamento de un imaginario colectivo tan rico como complejo.Concebidos, adoptados y adaptados, los seres sobrenaturales de la cultura popular americana han sido interpretados como símbolos de ansiedades y deseos inconfesables. Sus atributos y actitudes expresan mejor que nada un mensaje, a veces moralizador, que pretende condenar a aquel que viole las normas establecidas por la comunidad en la que vive. La existencia de un objeto externo —generador de angustia sobre un sujeto que teme— es lo que define la relación comúnmente definida como miedo; que, en definitiva, no es otra cosa que el temor al castigo. No cabe duda de que la dialéctica psíquica fundamental está basada en una relación de conflicto entre el deseo (reprimido) y la prohibición (la Ley, los valores); y que un "yo" equilibrado se da cuando hay estabilidad, equilibrio, entre ese deseo y esa prohibición. Muchos mitos, leyendas y creencia tradicionales son las que instauran ese equilibrio.

Caso contrario, la Ley entra en crisis; todo se pone en duda y germina la inestabilidad y la angustia. Contrariamente al maniqueísmo heredado de Europa, en la América profunda lo que prevalece son las oposiciones binarias; la complementariedad de los opuestos; el perfecto equilibrio entre el bien y el mal, el día y la noche, lo masculino y lo femenino, el alma y el cuerpo. Por eso, divinidades como el TÍO no son ni buenas ni malas en sí mismas. Ángel y demonio al mismo tiempo, arrastra esa característica mencionada; que es anterior a la llegada de los españoles. Y si bien nosotros —hoy— percibimos en el personaje las condiciones más manifiestas de la maldad (de hecho, al TÍO se lo representa como un Diablo), deberíamos saber que, ante los ojos de un minero boliviano, esa imagen no personifica lo mismo que para nosotros. Ellos decodifican su realidad con otros patrones culturales —otro utillaje mental, diría Georges Duby—; sintiendo y viendo otra cosa diferente a la nuestra.Antropomorfizado, el TÍO es un claro ejemplo de la derrota del racionalismo dieciochesco en el ámbito rural andino. Ateísmo y escepticismo sólo prosperan en las ciudades; que es en donde se decretó qué cosa es real y qué otra falsa.Tuvimos que esperar que los historiadores de mentalidades y antropólogos advirtieran que la frontera entre la realidad y la fantasía ha sido muy variable; y que lo que consideramos cierto no es otra cosa que una construcción determinada históricamente.


Permítame el lector reproducir algo que escribí hace unos años al respecto:
"Cuando el historiador Jacques Le Goff explicó el carácter fronterizo de lo maravilloso durante la Edad Media, sostuvo claramente que dicha frontera poseía la cualidad de ser permeable, es decir, que sus manifestaciones se daban en el seno de la realidad cotidiana, no percibiéndose dichos fenómenos como algo particularmente extraordinario. Los acontecimientos maravillosos eran aceptados y reconocidos como parte natural de un Universo aún no regulado por la leyes de la física y los prodigios se añadían al mundo real sin atentar contra él, ni destruir su coherencia. Hadas, dragones, monstruos y duendes penetraban el mundo natural sin conflictos, sorpresa o misterio. El concepto de "lo imposible" carecía de sentido y "lo maravilloso" no espantaba ni sorprendía, ya que no se violaba ninguna regla sólidamente establecida. "Lo maravilloso —dice Le Goff— era una categoría del universo"."Estas cualidades otorgadas a la realidad hacían, del ignoto mundo invisible que rodeaba a los hombres, un hecho cotidiano; siempre tenido en cuenta a la hora de explicar catástrofes, pestes o hambrunas. La buena o mala suerte —individual y colectiva— se hallaba regulada, de una forma imposible de conocer, por fuerzas y energías que trascendían el mero plano material en el que hombres y mujeres desarrollaban sus prácticas diarias. Incluso, la franqueable frontera entre la vida y la muerte no estaba —como hoy— absolutamente definida".Con esto intento decir que el minero del socavón altiplánico construye su realidad con algunos elementos diferentes a los nuestros y movido por una estructura epistemológica muy distanciada de la que nosotros absorbimos del cientificismo positivista del siglo XIX. Por tanto, en su interpretación del mundo hay lugar para muchos TÍOS; y preguntas como las que yo le hice a mi informante en Potosí (si creía en eso) no son más que estupideces, derivadas de la ignorancia etnocéntrica en la que nos educan.
Por siglos, Europa y sus instituciones, pretendieron desprestigiar, desactivar y neutralizar las creencias tradicionales de los ámbitos no-urbanos. Pero no fue sencillo. Espíritus, dioses, héroes y personajes legendarios, resistieron con tesón el embate "civilizador"; simulando, absorbiendo y fusionándose con la cosmovisión conquistadora.
Imposición y contaminación, produjeron un universo más rico, más complejo y (literariamente) bello. La creencia y el culto al TÍO es una claro ejemplo de lo que decimos. Después de una tumba, el lugar que más se asocia a la oscuridad, a las sombras, e incluso a la claustrofóbica sensación de estar sepultado en vida, es —a no dudar— el húmedo socavón de una mina. Negro, asfixiante; responde a las características de un mundo de contornos indefinidos, de perspectivas mal apreciadas; de calor agobiante, suciedad, polvo volátil y tétricas galerías que se extienden como arterias, vaya a saber uno a qué lugar. Pero, por sobre todas las cosas, la mina es un ámbito sin luz natural. Azabache. Ciego. No es casual que hayamos identificado culturalmente a los subsuelos con el infierno. Acaso, ¿no son los sótanos los escenarios urbanos predilectos de los filmes de terror?Para nosotros, animales diurnos por excelencia, la asociación entre la muerte y la oscuridad nos resulta casi una obviedad. Desde tiempos inmemoriales, la noche no ha sido más que una palmaria negación de todo lo que existe. Y en el interior de las minas prevalece justamente eso: la noche eterna, combatida con más o menos eficiencia; improvisando una seguridad tan artificial y débil como una bombilla eléctrica.Aún así, La Soberana de las Sombras, ejerce su poder absoluto.La noche —la Oscuridad— genera vacilación; destruye la certidumbre que nuestras pupilas inventan cuando hay luz.

Actualiza lo caótico y pone fuera del alcance toda vigilancia y control. Por algo casi todos los mitos cosmogónicos empiezan con la creación de las luminarias; contribuyendo a erradicar y combatir los actos prohibidos, imposibles de desarrollar durante día. La oscuridad rompe con el umbral de las inhibiciones; nos sustrae de las leyes, propiciando el caos, disputando el orden y sustrayéndonos de las ortodoxias que se respetan por convención. Nos da libertad; pero una libertad irresponsable. Abre el umbral a la desconfianza, a la inseguridad y al miedo. En ella los límites se desdibujan y las fronteras —físicas y morales— se abren para dar cabida al "Príncipe de las Tinieblas": el Diablo (en sus diferentes concepciones).El socavón es oscuro; y la oscuridad contribuye a catalizar la irrupción del temor más primitivo: la fantasía de ser devorado. Por ese motivo, la boca de la mina es el límite en cuyos bordes se configura una bisagra que, al girar los goznes, abre una puerta que da paso un mundo de diferentes percepciones, sensaciones y sentimientos. Y en ese mundo, el TÍO es el Rey.La noche —lo Oscuro y lo profundo de la mina— está relacionada también a la lujuria y el sexo; y eso queda fielmente graficado en uno de sus atributos iconográficos: el enorme pene erecto con el que se simboliza no sólo el insaciable apetito sexual, sino también la fertilidad y la abundancia. Un fecundidad lúbrica que le lleva a perseguir, someter y violar —según la tradición oral— a todas las mujeres que entran en la mina. De allí la prohibición que éstas tienen de ingresar en el submundo donde se practica la actividad.¿Hasta que punto las linternas consiguen exorcizar los demonios que atemorizan todavía a miles de mineros bolivianos?La mitología nos habla de dioses diurnos y nocturnos, muchas veces en constante pugna.

Ellos son los partícipes de batallas que nunca terminan de ser ganadas definitivamente. Triunfos y derrotas se alternan, como se alterna el día con la noche, en un mito de "eterno retorno" protagonizado por opuestos complementarios. Y el personaje que nos ocupa —el TÍO— participa también de todo esto, representando un rol ambiguo, ambivalente.Así es el universo del minero; y así queda modelado por los seres de su imaginario.

En el corazón de la mina la adhesión al mundo desaparece y el hombre corre el riesgo de disgregarse. Aumentan los estados de irrealidad, que se exacerban con el miedo. Y el historiador lo encuentra a cada paso y en los sectores sociales más diversos. A causa de eso, fuera del socavón, en el carnaval (que se despliega por las calles una vez al año) son también los diablos —las diabladas— los que traducen el deseo de defenderse del temor; camuflándolo y expresándolo al mismo tiempo.Como dijo Roger Caillos, "máscaras y miedo están constantemente presentes y juntos".Podríamos hacer una larga lista de "miedos", pero eso nos llevaría muy lejos de los límites de este breve ensayo. Razón por la que nos detendremos en uno en particular (sentido y expresado por las mayorías): el miedo a lo oscuro.Ya en la Biblia se expresaba desconfianza a las tinieblas, mancomunadas —como dijimos antes— a la muerte. Pero que hay que distinguir (como lo hace Delumeau en su libro) dos tipos de miedo, asociados pero diferentes: (a) el miedo en la oscuridad y (b) el miedo a la oscuridad.Ambos se experimentan en los socavones del TÍO.El primero es el que experimentaron nuestros primeros ancestros, cuando se encontraban expuestos durante la noche a los ataques de predadores, sin poder adivinar su proximidad. Eran miedos recurrentes, que volvían cada vez que el sol se ponía y terminaron sensibilizando a la humanidad. Son temores objetivos, reales; que podían —y pueden— traducirse en los accidentes y peligros que se corren cuando se está en las sombras. Al mismo tiempo, son éstos los que llevan a poblar la oscuridad de otros peligros, los subjetivos. Y así pasamos al segundo tipo: el miedo a la oscuridad.

Éste está nutrido de subjetividades que se alimentan con la imaginación y la sugestión. Es el más moldeado por la cultura; y creador de ejércitos de fantasmas y duendes, monstruos y seres sobrenaturales, de los que el TÍO no es más que uno de los mejores y más acabados exponentes, en las minas de Bolivia. Es de prever que un personaje tan complejo y ambivalente como el TÍO no tenga sólo un nombre. Por diferentes circunstancias y en distintas regiones andinas, la gente a desplegado sobre la divinidad una verdadera furia nominativa. Hoy día existen por lo menos unas ocho de formas diversas para referirse a él.En las minas del Perú se lo conoce como Muqui o Tayta Muqui. Este nombre —según le informaran los propios mineros a la investigadora Carmen Salazar-Soler— se utiliza cuando el año de trabajo en el socavón ha sido próspero. Pero cuando las cosas no marchan bien y la crisis económica asoma, cambian por el nombre de Zupay (o Supay). Si la mala fortuna continúa y situación empeora aún más, lo llamaban Anchanchu; o "El Arrierito", si la crisis parece insuperable. En Bolivia, como ya sabemos, es denominado el TÍO o Thiula; y en alguna que otra oportunidad, Otorongo (aunque no sea ésta una denominación demasiado difundida).

De todos los nombres señalados, quisiera detenerme en el tercero, Zupay, ya que de él se derivan una serie de consideraciones históricas muy importantes que nos permitirán captar en profundidad es sentido supuestamente demoníaco que tiene el TÍO en el altiplano boliviano."

 

 

Fuente: http://www.ciudaddearena.org/046-n-soto8-el%20tio3.html

  

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres